“Es que somos sencillitos”
Por Mario A. Medina
Un 9 de junio de 2021, era entonces presidente de Argentina el izquierdista Alberto Fernández. Recibió la visita de su homólogo, el español Pedro Sánchez. En la “Casa Rosada” buscó presumir su herencia europeísta frente al gobernante del Partido Socialista Obrero Español (PSOE): “Los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos en los barcos de Europa”.
Luego tuvo que ofrecer disculpas tras ser acusado de racista, de ofender a los latinoamericanos; recibió miles de críticas en redes sociales, descalificaciones de políticos del continente. Explicó -para justificarse- que su cita era del mexicano Octavio Paz. La volvió a regar. Su dicho no era un escrito del Premio Nóbel de Literatura, fue una afirmación equivocada, a propósito, para presumir su origen y que sus raíces venían del otro lado del charco.
A decir de la politóloga Inés Palacios, el que los argentinos se crean superiores “es producto de factores históricos, sociales y culturales que dificultan el reconocimiento de su identidad indígena”. Ha explicado que los argentinos “genéticamente somos entre un 40 y un 98% indígenas”, pero sólo el 2% se reconoce como tal, por lo que “hay un fenómeno de vergüenza”, de aceptar raíces indígenas.
En contra posición Irina Vega, investigadora y autora del libro: “Negros de mierda”, considera que “Argentina no es un país racista, tiene (sí) personas racistas”, atenúa, para luego atajar: “decir que lo es, es una afirmación tramposa”. Dicha aseveración “requiere muchos más matices y no un posteo en redes sociales”, sostiene Vega.
Para la licenciada en Letras, la discriminación no es una “reacción pasional”. Considera que “hay racismo en el futbol porque es un reflejo de una estructura colonial y contemporánea que atraviesa también instituciones como la FIFA”. El racismo estructural -explica- es “mucho más frecuente en Argentina que el racismo basado exclusivamente en el color de piel”.
Luego de haber sido campeones en Qatar en 2022, Nicolás Tagliafico, defensa del seleccionado, de abuelos italianos, admitió que la selección de Argentina era odiada y que ese odio era “producto de su presunción, altivez y confianza” en los propios jugadores que a menudo los lleva “a menos preciar a los demás”.
La derrota de la selección argentina en la final del Mundial 2026 volvió a abrir la discusión de que la albiceleste y sus “estrellas” son favorecidas por la FIFA, y al mismo tiempo, como escribió el periodista Darío Brenman en el portal “Tiempo Argentino”, hay aspectos que exceden al futbol como el racismo, el clasismo, la discriminación, la arrogancia.
Brenman apuntó: para los jugadores, “la selección puede simbolizar pertenencia, orgullo o revancha”, mientras que, para sus adversarios, “concentra estereotipos asociados con el país: soberbia, nacionalismo, viveza, provocación y, cada vez con mayor frecuencia, racismo, por lo que la camiseta albiceleste “deja de ser simplemente una indumentaria deportiva y se transforma en una bandera política”.
El que en este mundial 2026 Argentina se haya convertido en uno de los países más cuestionados del futbol internacional no sólo tiene que ver con la arrogancia de su afición y de sus seleccionados.
En este mundial, “ese antiargentinismo incorporó, en su contra, un componente diferente: la política exterior del gobierno de Javier Milei”, es decir, el alineamiento de Buenos Aires con Washington y Tel Aviv, ha planteado Darío Brenman, por lo que explica, “la Selección ya no puede ser separada completamente de la imagen internacional del gobierno que representa”. Hoy, sin duda, personifica al derechista Javier Milei.
Cuando en las tribunas de los estadios los hinchas argentinos desplegaron las banderas de Israel, y el primer ministro judío, Benjamín Netanyahu, anunció festivo que la albiceleste era su equipo favorito, para algunos aficionados egipcios y para millones en el planeta, ir en contra de Argentina, significó también pronunciarse en defensa de la causa Palestina.
El sentirse “súper estrellas” no ha sido exclusivo de los jugadores argentinos, el “sentirse mucho”, es un asunto propio que ellos mismos reconocen como sociedad -“somos sencillitos”-, y que está relacionada con su historia de inmigración y la construcción de su identidad nacional: “los argentinos descendemos de los barcos” que, muchos como Alberto Fernández, pretenden borrar sus raíces pampeanas, negado su legado indígena y afrodescendiente y resaltan únicamente su origen de inmigrantes europeos.
Por ello, han venido construyendo la narrativa de su ascendencia europea, de piel blanca, elementos de identidad, pero por lo mismo, han dejado de lado su otra parte, ser indígena.
En la final del Mundial 2026, la selección argentina frente a España no pudo mostrar sus reconocidas artes futbolísticas, lo que ha llevado al argentino común y corriente a “confundir soberbia con el orgullo del país acostumbrado a ganar en el futbol” –me respondió la inteligencia artificial-.
Esta derrota los ha llevado a llorar y a padecer una frustración colectiva, una impotencia que no pueden entender porque, como señala la politóloga Inés Palacios, el que los argentinos se crean superiores “es producto de factores históricos, sociales y culturales”.
Sí, lo llevan en sus genes y, por eso, en un acto de negación inventan teorías conspiratorias: “¡nos robaron la final!” Así son, “sencillitos”.
Que no le cuenten…
¿Por qué será?
¿Por qué será el silencio del panismo? ¿Por qué será el silencio de Somos México? Los primeros, lo defendieron tibiamente. Los rosados exigían su liberación, calificaba su detención como “inaudito atropello”. Su casi silencio, de unos y otros es muy ruidoso. Sí, me refiero a Ernesto “N” y al huachicol ferroviario.

